Mad Men

La ficción tiene sus reglas, recrea el mundo y nos lo enseña con su propia lógica. Es autónoma y no le importa lo que pase fuera, solo así puede poner una lupa o hacer un mural sobre la realidad. O lo que llamamos realidad y vaya usted a saber qué es. A veces se sirve de detalles en principio nimios, sin más. Tal y como proponía Hemingway, enseña solo la punta del iceberg para que nosotros rellenemos los huecos y resolvamos un crucigrama con lo que ya sabíamos, o con lo que acabamos de descubrir, no de la trama, sino de la vida: de lo que nos pasa y no advertimos: el crecimiento de un niño al que se ve todos los días. Todo, por tanto, ha de orbitar en torno de ese diente de hielo en medio de las olas. Nada puede ser arbitrario ni inoportuno; todo ha de estar de un modo u otro supeditado.

Un ejemplo genial de esa forma de contar con pistas y elipsis es Mad Men. La serie estadounidense, que se ha convertido en objeto de culto multitudinario, lleva cinco temporadas contándonos cómo era el mundo de la publicidad en el Nueva York de la década de 1960. Pero a la vez, detrás del machismo, del racismo, por encima de los trajes elegantes y la gomina, bajo los afeitados apurados y las cinturas ceñidas y los ríos de alcohol y el escombro de los ceniceros, y a la vez entretejido en todo eso, nos muestra la angustia de estar solo y no saber quién eres. Y también que el ambicioso nunca está solo, sino perseguido; y que el malcontento no perdona; y que la piedad que se siente cuando cunde el desamor se emboza a menudo de cinismo; y que la noche tiene goteras de ginebra y mucho miedo. Nos narra eso y mucho más sin avisarlo. El misterio del cuentacuentos verdadero es dar apuntes, enseñar una foto apenas, dejar ver un gesto amagado, no encender la luz del todo sobre las intenciones de unos personajes que cuando se deciden a matar no es más que en sueños.

Cuando las películas y hasta las novelas son productos cada vez más fútiles, deglutidos, Mad Men encandila son su aparente pesadez, su lentitud, su solidez de muchas cuerdas, como un concierto de Bach después del estribillo menesteroso de un David de María. El personal se engancha y quiere más, por la estética, por las tramas y porque se sienten secretamente concernidos por lo que les pasa a los personajes; puede que inspirados. Porque la calidad no es una cata para clases selectas, sino un impulso que a todos nos eleva. Mad Men lo demuestra.

La madre de Norman Bates

Un científico especialista en aves descubre un porcentaje inusual de ejemplares afectados por una enfermedad transmisible al hombre. Las autoridades se alarman y trasladan su solivianto a la organización de la que depende el científico, señor Lemus. Un señor que suele arrojar conclusiones contundentes en sus investigaciones; un señor al que los datos, al cruzarlos, le cuadran como un sudoku infantil. Un señor que, presuntamente, no ha sido todo lo veraz que debiera con los datos de las aves enfermas.

A esto se añade que uno de los coautores de un artículo firmado por Lemus no existe. Javier Grande, que avala con su firma una investigación conjunta, no tiene pasado, ni relaciones, ni res extensa; no ha dejado en el mundo más huella que un correo electrónico cruzado con un colega.

Los responsables del CSIC y hasta del EBD, instituciones que han cobijado y becado a Lemus, han iniciado una investigación que el científico, amante de los animales, ha calificado de “cacería”. Quieren saber si ha habido fraude y quiénes son los responsables.

 

Personalmente, creo que el artífice de todo, el cerebro de la operación y el instigador último ha sido Javier Grande. Todo el mundo sabe que no hace falta ser verdad para mover el ánimo ajeno. Además, ¿qué es la verdad? La verdad está sobrevalorada y tiene dueño: “mi verdad” dice la gente de lo que cuenta en los periódicos, en los juzgados, en Telecinco. Hablan de su verdad, su Pepe, su hernia de hiato. Es personal e intransferible.

Javier Grande debe haber sido el que deslizara la idea primero, luego la hiciera firme y finalmente la impusiera. Le convenció, imagino, sucinto y perentorio. Le propuso cómo actuar, desconfiando de todo el mundo, prestando oídos solo a lo que él dijera, a lo que él dictara, a lo que él firmara. La cuenta de correo electrónico desde la que Grande se comunicó con su colega era la peluca que Norman Bates se ponía para acatar las órdenes de su madre.

Cuando El País le ha preguntado a Lemus quién es Javier Grande él ha dicho que le pregunten a otro.

“–¿Quién es Javier Grande?

–¿Y a mí me lo preguntas? (…)”

Javier Grande eres tú.

Doña Soledad y el aire

El jueves pasado murió Doña Soledad Santamaría, que no se llamaba así. Le cambio el nombre porque los muertos no pueden proteger su pudor, que es lo último que les debemos los vivos. También le cambio el nombre porque la jauría de sus hijos no merece ni siquiera la publicidad de su miseria moral.

Durante toda su vida fue una mujer atada en corto a la pata de la cama, pero sin quebrarle la pierna, para que pudiera pasearse por la celda como un tigre en un zoo. Primero el marido, luego el padre y finalmente los hijos la sometieron a innecesarias privaciones, la humillaron durante una vida muy larga que solo al final fue suya.

A Doña Soledad, entonces todavía Sole, la casaron con un señor veinte años mayor que ella, obeso y latifundista como una de aquellas caricaturas de los carteles de la CNT. Después la llevaron al campo, a encerrarla en un cortijo rodeado de almendrales y llanuras de cereal que postergaban el horizonte. Ella era entonces una mujer joven, con la carne sacramentada de pecados y novenas, que leía y fumaba cigarrillos de noventa. Una mujer que fumaba.

El marido pasaba los días en el campo y no veía en su mujer más que un colchón con el marchamo de calidad de una buena familia. Ella se dejaba hacer hijos y pasaba los inviernos viendo a los mozos atalajar bestias. El pulso en las sienes era un “garañón encerrado” hasta que un día bajó a los establos y la puerta se cerró detrás de ella.

Don Samuel, el padre, la recogió cuando enviudó para enclaustrarla en su habitación, negándole el acceso a la herencia del marido. Desde aquel cubil escuchaba Doña Soledad cómo relataba el abuelo puteríos de su hija; mientras bebía coñac, contaba las horas y se remendaba las medias. Las filípicas calaron en los niños, que heredaron del abuelo la casa, la clausura y las opiniones.

Hasta que la especulación inmobiliaria hizo justicia –quién lo diría– y Doña Soledad, con más de ochenta años, se pudo zafar al fin de las hienas: Una huerta de la familia en la que los hijos no tenían parte había quedado aislada en el centro de la ciudad como una mella en una sonrisa. Doña Soledad llamó a una agencia, pidió un taxi que la llevó de puerta a puerta desde su casa a la notaría y se embolsó un ramillete de millones que daban risa floja. Al salir a la calle, se encendió un winston que le supo a Gloria.

No sé qué más fue de ella durante los últimos años. Espero que viviera sin sobresaltos, tranquila y rica, olvidada de su prole y recordando de vez en cuando a aquellos mozos que enjaezaron los potros de su juventud.

Cuando se despedía de la agente inmobiliaria, después de haber satisfecho sus honorarios, le regaló un abanico antiguo pintado a mano: “Que nunca te quiten el aire, hija mía”.

El Eko y la achicoria

El mercado de moda musulmana está en auge. Internet ha propagado con rapidez las ideas de nuevas diseñadoras que aportan propuestas renovadas dentro de las normas de su comunidad, mientras que países no musulmanes son cada vez más islámicos en sus diseños de la mano de marcas como Fendi o Gucci.

Esto es, mientras Occidente se adorna con islamismos superficiales como en un cuento de Gautier, las jóvenes musulmanas quieren ropa que les permita llevar el mismo estilo de vida que si no llevaran velo; como un abuelo al que el Eko reconciliase con la achicoria.

Cunden los tutoriales en los que se explica cómo ponerse el hiyab para estar virtuosa y estupenda, y celebran la alegría de ser joven y musulmana. Tienen toda la razón en reivindicar su derecho a estar a la moda; según ellas, siempre y cuando no superen la línea de flotación de la modestia que el Islam impone en el vestir. ¿Quién no quiere estar al día, sentirse guapa y, por qué no, segura de sí misma vista o no un hiyab? Justamente ahora, además, que Catherine Hakim ha dedicado un libro, Erotic Capital: The Power of Attraction in the Boardroom and the Bedroom, al poder de tracción de las carretas.

Es absurdo suponer que sea censurable que los jóvenes quieran vestir como deseen independientemente de sus creencias o de que estas impliquen un hiyab, una toca o una peineta. Aunque siempre hay un árbitro de guardia para estas cosas, casi siempre fariseo, además, que se arroga la exégesis de los preceptos. Lo que pasa es que tiende al absurdo, a su vez, que las mujeres se quieran permitir la vida que llevarían si no vistieran hiyab. ¿No sería más fácil no llevarlo? porque de llevarlo habría que hacerlo con todas las de la ley. Y con nuestro mayor respeto, claro.

Decía Balzac que la moda no ha sido nunca otra cosa que la opinión aplicada a la indumentaria. Y las opiniones que expresa el Islam a través del vestir femenino son, cuando menos, contundentes. Más hoy que la imagen es definitiva en tantas cosas. He ahí la paradoja: mientras las primeras -primadas- marcas recurren a un orientalismo con visos suntuarios que vende aromas de sándalo y molicies de odalisca; las mujeres musulmanas, arrastradas por la riada de tendencias, intentan tomar velocidad corriente abajo haciendo cabotaje en los límites de modestia que les impone su fe.

Manning

La cara de Wikileaks es un retrato de Julian Assange: Un tipo de pelo largo y lacio, con aspecto levemente profesoral y la mirada altiva del que se considera el Robin Hood de los discos duros del Pentágono. Pero este hombre, sobre el que recayeron al instante un arresto domiciliario y una solicitud de expatriación sueca por un supuesto delito de agresión sexual, no era nadie sin informadores. La vocación de contar no es más que un prurito si no se tienen historias. Y tuvo la suerte de encontrar al soldado Manning, que le soltó la lengua a la Inteligencia estadounidense  y quedó sepultado en los primeros meses por la presencia de Assange y el caudal de cables.

Bradley Manning, ahora muy aireado en los medios por la inminencia de su juicio, lleva 635 días en capilla penitenciaria y tantea al Pentágono para eludir una pena máxima posible de cadena perpetua. Manning entretiene el juicio, no se declara ni culpable ni inocente, se pone de perfil, se vuelve a la penumbra. Es el personaje literario, el espía de la novela, mucho menos fotogénico que Assange, con más fondo.

Hijo de un matrimonio divorciado, de madre galesa y padre estadounidense, ex militar y estricto, Bradley es menudo, ateo y homosexual, un Marqués de Bradomín de traumas al que uno se imagina insolente y encastillado en el silencio en clase de Religión, negándose a hacer los deberes sobre el Génesis y jodido por los dicterios del padre. Y eso antes de irse a Gales con la madre, donde lo iban a humillar aún más por hereje, por maricón y por yanqui.

Un hombre matizado e inestable al que sus abogados defienden argumentando que era una irresponsabilidad tenerlo en ese puesto. Haber cogido muerte, le dicen a los militares. Pero por mucho que intenten revirar las responsabilidades hacia el que destinó al hombre amargado, incapaz de integrarse entre la tropa, hacer públicos los secretos de Estado sigue siendo un exceso para una vendetta personal contra el mundo.

El cartel de villano es lo menos que le podían colgar, teniendo en cuenta que la pena corriente por alta traición es capital; y el de héroe es simplemente un infantilismo, por considerar heroico un acto de motivaciones oscuras, o al menos concebido por una mente en la oscuridad. Solo se trata de un pobre hombre separado del resto por sus problemas que nos veía felices y culpables desde su exilio.  Manning secuestrado por sus demonios, después de haber dado origen a un serial de prensa que terminó por ser casi un HOLA de las embajadas (tampoco parece haber cambiado nada desde entonces), es un ángel –por lo lampiño y lo rubio, supongo– caído en una prisión que no sé por qué me imagino como el Arkham Asylum.

¿Para cuándo la película?

 

 

Los lunes

Menos mal que por fin es lunes. Es una suerte que se haya acabado el largo fin de semana, esos dos absurdos días sin tarea. Menos mal que es lunes y ha hecho sol y un calor falso que se esfumaba a la sombra, como un día primaveral de Todo a cien. De hecho, ¿qué sería de nosotros sin los lunes, sin la prensa, los atascos, las gabardinas, los estornudos que subrayan el helor de la ducha aún de madrugada? No seríamos nada, el punto de fuga de una cooperativa celular en bancarrota. ¿Qué sería de nosotros sin la vida?

El invierno ha estado mordiendo, pero ya se le abren lenguas de sol. Ayer mismo, pese a ser domingo –qué diferencia con un lunes, qué pena de día– almorcé bajo un sol de macetilla, que es el sol de justicia de los prudentes. Dura más la claridad del cielo después de esas alegrías, que los días son como las personas y aquellos que han tenido mucha brega llegan a viejos menos tontos y tienen una placidez de calzado de felpa, sobredorada de sesteos. Cualquier lujo que no conlleve oro enaltece y dignifica o, al menos, compensa la penuria con el subterfugio de la honradez. Que no es mala idea para empezar la semana.

Es un alivio que llegue el lunes para comprobar que la rutina tiene la calidad de los afectos que no se sienten: ata, limita y ordena; y, sobre todo, te obliga a buscar detrás de ella el amparo de la querencia.

Ay los lunes.

Las vísperas españolas

Si España no fuera una península sus fronteras serían como las de Mauritania: trazadas a escuadra y cartabón, y sin necesidad de ninguna metrópoli que nos las impusiera, que somos españoles, qué carajo. Aquí somos de hacer una raya en el suelo con el pie y decirle al de enfrente “o conmigo o contra mí. Y no me toques las palmas que me conozco”, todo ello tentando con una mano la garrocha. Miren si no la que tenemos liada con los vecinos, Mourinho tiene copado Portugal, y los franceses nos la han liado con lo del dopaje.

Se lo deben de estar pasando pirata, los tíos. Le sale positivo a Contador y por fin tienen una oportunidad de responder a aquello que volaba en Facebook de “soy español, ¿a qué quieres que te gane?”. No contentos con linchar en plaza pública al ciclista sancionado en función de una probabilidad, han ido a arremeter contra los pesos pesados de nuestro deporte (a los medios los han dejado tranquilos, nadie dice nunca nada de Javier Castillejo). Raúl, Gasol, Nadal –que todo el mundo comprende que les escueza– y Casillas… ¡Hasta con Casillas se han atrevido! Y, claro, como el cabo de la Guardia Civil en Amanece que no es poco, nos hemos tenido que echar al monte a emprenderla a tiros al grito de “yo no aguanto este sindiós”.

Conflicto diplomático y todo, hasta el Rey los ha llamado tontos, a los guiñoles, a unos muñecos. Un rey indignado con unos bufones. Ahora que ganábamos, que habíamos desplazado a San Pancracio para ponerle cinco duritos de los de agujerillo a una imagen votiva de la selección, van y le hacen tanto daño a nuestro deporte. Abusadores.

Comprendo que los aludidos se revuelvan, que al personal le moleste, pero de ahí a sostener que la imagen de unas marionetas de deportistas españoles firmando con jeringuillas o meando diesel hagan un daño irreparable me parece una forma de entretener problemas mayores. Así lo vio alguno que sí tiró a dar e hizo referencia a la tasa de paro. Es atávico esto de no tener sentido del humor, o de no tenerlo cuando nos toca, cuando encima es relativamente inocuo (los logros, incontestables, están ahí). Aquí nos reímos de nuestra sombra hasta que se chotea otro, que entonces hay que darle de hostias.

Los franceses, que son chulitos, ya tuvieron un antecedente histórico en esto de cabrear al prójimo. Cuenta la leyenda de las Vísperas sicilianas que, estando la isla bajo dominio francés en el siglo XIII, un grupo de locales estaba a la puerta de una iglesia para asistir al oficio de Vísperas. En esto, llegaron unos franceses borrachos y se pusieron a molestar a una mujer casada, ya saben, voulez vous coucher avec moi, y cosas de esas con las que siempre tienen éxito, los muy suaves. El marido, de oficio panadero según algunas versiones, se metió en harina y apuñaló al francés sin mediar palabra. Los sicilianos, pueblo tradicionalmente poco dado a las bromas, desencadenaron una degollina que terminó al momento con la dominación francesa.

Y lo peor, salvadas las distancias, no es que vuelvan a las andadas, es que nosotros, que ya no tiramos de faca, les armemos el cirio porque nos toquen la honra. Lo importante es si es justa o no la sanción a Contador, no una bufonada de mejor o peor gusto, por mucho que nos baquetee al santoral. Decía el artista belga Scutenaire: “Hay cosas con las que no se bromea ¡No lo suficiente!”, más si damos una de cal y otra de arena: mientras el Presidente del Gobierno dice que a palabras necias oídos sordos, como una adolescente abrazada a su carpeta (con fotos de Casillas, por supuesto), el Ministro de Cultura admite que tenemos un problema. ¿En qué quedamos?

A lo mejor si no nos tomáramos tan en serio se vería mejor la vitrina de trofeos.