El intelectual

La renuncia de Benedicto XVI ha causado, en el revuelo, mucha ponderación de intelectual y un rastro de elogios de esquela pontificia, como si el hombre fuera un mártir que va a ingresar en la clausura a ritmo de hagiografías. El teólogo, el intelectual, el cardenal que llegó con perfil de hierro a guardar las esencias de la Fe y se va dialogante, hostigado por las insidias de la Santa Sede y su propia vejez. Ratzinger el hombre de ideas se ha beneficiado de ese prejuicio que la sociedad actual, camino de ser ágrafa, arroja sobre los intelectuales, a saber, que son menos fieros y recalcitrantes, que su inteligencia adobada de muchos libros da en el nombre exacto de las cosas y luego se tira al barro para comentarlo en el ágora. Como si el representante de Dios en la tierra fuera coeditor de la Enciclopedia de la Ilustración. No ha faltado alguno al que de tanto incensar al saliente le ha salido oxímoron del sahumerio: han llegado a decir que es representante de una “fe razonada”.

Ratzinger es un eximio teólogo, según dicen, pues yo no estoy en disposición de asegurarlo de primera mano, claro. Y tiene en su haber el esfuerzo de haber sacado a la luz y condenado la pederastia dentro de su iglesia. Pero no olvidemos que estuvo en primera línea de políticia vaticana durante 23 años en los que se echó sombra y silencio sobre esos crímenes que no perdonan ni en la cárcel, y que en cuestiones dogmáticas o de apertura al mundo actual no ha movido la silla de Pedro ni un milímetro desde que se sentó en ella, ni siquiera a última hora, cuando ya se la estaban moviendo. Este hombre ha sido un profesional de la política (30 años en el Vaticano son suficiente currículo a no ser que seas sordomudo o guardia suizo, y de lo primero no estoy seguro) que se calzó el anillo papal avisando de que lo mismo huía ante los lobos. Ahora el marcapasos, el disgusto de Paoletto y sus muchos años no le dan margen ya para limpiar la Iglesia católica, que parecía en verdad su objetivo, y en vista de que el zafarrancho se le iba a quedar en un pasavolante a las patenas, un oreo de capillas y un tundir los tapices, ha decidido hacerse a un lado, darse a la clausura y que tome las riendas otro. Loable.

Es loable y muy oportuno, pues confirma a los prejuiciosos la dicotomía intelectual/hombre de acción, según la cual el primero no suele bajar de la torre de marfil de sus ideas mientras el segundo, carente de pureza de discernimiento brega a pie de torre, puede que ciegamente, de barro hasta las rodillas. El intelectual no sabe de inmundicias, está por encima del lodo, lo suficiente para nombrarlo sin mancharse; él está limpio y por eso hace falta un hombre de acción, que esté en el tajo, aunque no sea razonadamente. Así nos ha lucido el pelo, especialmente en España, cuando hemos reclamado siempre y reclamamos aún cirujanos y regeneraciones a bote pronto, sin sustento de ideas sólidas y con la particular tendencia, abandonada después de 1975, a encarcelar a nuestros escritores.

No se va sólo un intelectual, se va un Papa, la máxima autoridad de una religión con mucho poder y predicamento aún que sigue sin admitir a los homosexuales, a los divorciados, el aborto… que ha tapado horribles crímines y delitos de los que ha pedido perdón a toro pasado, y que ha sido pieza clave de la política europea durante siglos. Todo eso lo admiten los católicos y bien está que así sea para ellos, pero que no me lo despidan razonablemente, por favor.

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