Laetitia Casta cruzando el paraíso

Suena el timbre en la casa del lector. Se levanta de la cama en calzoncillos y va a abrir. Es su parienta, que ve desde la puerta cómo sale del baño Laetitia Casta envuelta en vapor, en su melena cansada, trigueña y húmeda, y en una de las toallas que la tita Chari les regaló por la boda. La parienta deja caer al suelo los paquetes del Natur House y mira al lector. Ahí lo llevas, Jacinto.

Por mucho que tantos, puestos en esa tesitura, sostuviéramos que la situación es lo que parece e incluso saliéramos corriendo escalera abajo para contarlo como Dominguín lo suyo con Ava Gardner, nadie iba a creernos. Excepto la prójima que, como seguro le pasó a Jacinto, pondría el grito en el cielo.

Pues bien, parece que el PP se ha tirado a Laetitia Casta.

Esto funciona así: si no hay pruebas concluyentes cada cual se hace una idea y sigue comprando el mismo periódico de siempre; aunque haya ahora probos ciudadanos que no dan crédito de lo que ha mejorado El Mundo en un mes, claro. En España la presunción de inocencia es un sombrajo precario que da de plazo lo que tardan en llegar los alacranes. Y, curiosamente, son los amparados bajo el chamizo los que más hacen por echarlo abajo. Nadie ha hecho tanto por apuntalar la sospecha de corrupción en el PP como sus propios dirigentes, que parecen jugar al escondite inglés en la habitación de al lado mientras los mayores tienden la ropa sucia en Internet. Ha llegado a tanto la inundación que ya sólo quedan unos cuantos incondicionales que matizan como el que se pone una ramita de lavanda en el bigote para pasear por el lazareto.

La acusación está hecha, el personal señalado, pero a pesar de que la justicia ha actuado rápido, como a requerimiento fulminante, por ahora todo es una confusión de fotocopias y chaquetas bien cortadas, arqueos de caja y “cópieme usted al dictado”. Y van echando verbos los acusados, lo único que cuando les piden el DNI, como les pille sulfurados, a pique están de contestar “Mi nombre es Legión”.

La prensa se arrisca. Hay empresarios que deniegan y senadores que asienten. En la confusión florecen avales y mentís como un tupido manglar que le hace claroscuros a las perlas de Cospedal –las de su boca y las lobulares–, que parece molesta por que vengan a hurgarle las cuentas a sus funcionarios (Floriano dixit). Con estrategias de transparencia así, ¿quién necesita una ley Lynch? Ni siquiera el PSOE se atreve a darse los golpes de pecho demasiado fuertes, exige responsabilidades a medias, el mismo Rajoy les está haciendo el trabajo y Rubalcaba comparece con semblante preocupado o conspirativo, que ya no se le distingue; aunque lo que es seguro es que está pensando en Tomás Gómez. Y para añadir títeres al circo, Esperanza Aguirre salta al ruedo para echar un cable con soga de ahorcado.

Todo son vaivenes sin comprobar y declaraciones hipercalóricas, pero sin sustancia, sin sentencia. Mucho me temo que terminemos como la canción de Loquillo: “Nada permanece todo se desvanece (…) Yo bajando a los infiernos y tú cruzando el paraíso”. A ver si después de todo esto nos vamos a quedar jodidos como estábamos y viendo a los presuntos (a pesar suyo, parece) hacer estación de penitencia por las mollares trochas del dineral, las palmadas en la espalda y el confeti cotizado.

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