Escena vista en un bar

Son tres, pero cuando yo llegué sólo había dos, hombre y mujer, él más joven que ella, que bebía y comía en la barra. A la espera del tercero mantienen una de esas conversaciones asimétricas propias de las relaciones sin futuro, porque no les llegará o por haberles pasado el porvenir de largo hace ya tiempo. Están a mi izquierda, él de espaldas, anchas, con una camisa celeste estampada con cenefas color magenta que dibujan grandes cuadros. Ella tiene un aspecto equívoco, cuidado con un esmero exento de gusto. Se puede observar por el pelo teñido de un rubio excesivo –las cejas depiladas y morenas– y planchado sin paciencia, por los zapatos, de un aspecto caro que no casa con su diseño, por la compacta máscara de base de maquillaje. Lleva las muñecas cargadas de pulseras, pero no lleva anillos. Las uñas, de manicura francesa. A pesar de no haberla visto encender un cigarrillo hasta llegar el tercero (acaso por eso, por él, fume) debe ser una fumadora compulsiva porque, aunque la manicura parece reciente, los bordes perfectamente perfilados y blanquísimos, el esmalte impoluto, la uña del índice derecho amarillea hasta la primera falange.

Desde donde estoy la mancha se ve oscura, casi marrón sobre el morado del vino que sostiene, y el dedo parece un implante malogrado, una carne que se solapa, que ha salido mal y que el cuerpo rechaza. Le sobra peso, las piernas contundentes y la cintura perdida y, sin embargo, en sus gestos y actitud se adivina que en otro tiempo disfrutó mejor figura; o a lo peor no y es una altanería a la altura de sus afeites y falsa elegancia; de su pulcritud trastornada. La nariz aquilina es un trazo de encanto, más bien de carácter, que atraviesa un rostro por lo demás redondo y sin fuste y en el que los ojos, dependiendo del alcohol que beba el resto de su vida, terminarán por ser bulbosos.

Él es bajo y fuerte, con el pelo a cepillo. El inicio de un tatuaje le sobresale por el cuello de la camisa como un tentáculo que se esfuerza por acariciarle la nuca. Acodado en la barra habla, sin desmayo ni interlocutora; habla para él y con eso basta. El bar está lleno y no puedo distinguir lo que dice entre el murmullo general. Solo le he entendido el par de veces que se ha dirigido al camarero, con familiaridad prematura y tintineo de quincallas, apretando manos, sacudiendo el reloj de acero, grande como un cepo. En el porte tiene algo de buhonero y de feriante, de vendedor de paños y de cobista que se saca el pedigrí contando un chiste. De perfil se da un aire a Paco Rabal con treinta años.

Cuando llegue el tercero todo serán palmadas en la espalda, saludos viriles, bribia, ventajas, y ella lo mirará a él, no al nuevo, a él hiperactivo y solícito, y parecerá que no ve nada, que se ha perdido con una copa de vino en la mano y un índice prestado. Él hará todo un despliegue ante el tercero: lo tomará por el brazo, le pedirá una cerveza, le señalará la carta diciendo algo que comprenderé cuando le grite al camarero, como en su casa, “y le pones chipirones”. Dará un paso atrás, abriendo el triángulo que forman los tres, poniéndose de perfil a mí, y en un gesto amplio y reverente, le mostrará el vaso de caña, el plato de chipirones, a la mujer, y dará otro paso atrás, desapareciendo, sonriente, como el gato de Cheshire.

Acaba de entrar el tercero. Pago mi gasto y me dirijo a la puerta. Ella me mira con ofrecimiento automático y desidia, sin sonrisa. No he llegado a escuchar su voz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s