Entre la visa y la foto de los niños

Hay un placer burgués, un beatus ille en decadencia, en las mañanas largas, de diligencias despachadas con holgura. Un gusto por el día laboral al que le caben huecos y distancia como a una relación adúltera, al otro lado de la luz de mayo que ya es verano. La posibilidad, a menudo impensable, de encontrar todo el tiempo necesario para leer la prensa con detenimiento, en papel.  Y vuelve uno de comprar el pan, de comprar el periódico, como decía Umbral, con la cabeza rebosante de mercado, de palabras y papel de estraza, con el solfeo de las voces aún haciendo eco y fuga de selva, como si a los jíbaros les irritase la letra impresa. Ya ha llegado el momento en que pasear un fajo de papeles bajo el brazo es una voz de alarma a la tarifa de datos.

Decía Enrique Meneses en el mejor medio español en Internet (Jotdown) que a los periódicos les bastará con tener plantillas muy recortadas para analizar la información que llega en tromba. Apenas unos 40 o 50 blogueros, corresponsales de lo suyo, con un vasto conocimiento y experiencia que pudieran cribar la actualidad de un país, de un campo del saber, de un jubileo. Alguien a quien se le dice “tú que sabes, dale forma a la avalancha”. Eso debe ser lo que llaman crear valor, imprimir el personal brand, darle al lector que paga una razón para no pagarle a otro. Y ahorrarse redactores aprovechando las noticias de otros, a lo Huffington Post.

Los principales periódicos españoles ya lo hacen, aunque no tanto dándole forma a la avalancha como moldeándola. Los espacios son estrechos, incluso en la web, y no proliferan el análisis ni las glosas ponderadas, más bien los apotegmas de dudoso cariz editorial (menos mal que están Arcadi Espada y José Mª Izquierdo). Al final, no sé yo si habrá mucha diferencia, en cuanto a la imparcialidad, entre esos blogs y el columnario decimonónico todavía en boga; aunque la columna por lo general ostente mejor prosa. Esa pieza, literaria a veces, que está tan ligada al papel, a ir a comprar el pan y al envoltorio de los churros. Al placer de empezar a ser un anacrónico esteta.

Eso sí, con la era de los blogs no se podrá disfrutar del placer culpable de ponerle los cuernos al periódico habitual: buscar un quiosco poco concurrido, como un adolescente furtivo que compra preservativos, para poder leer, ese día especial de la semana, casi a hurtadillas, acariciando la página con íntima anticipación, esa misma columna que un día recortamos  y guardamos en la cartera.