El tío Cosme

Que al Rey le gusta que le toquen las palmas, que se conoce, lo sabíamos todos. Lo que pasa es que mientras corría el dinero a todos nos parecía simpático y henchido de carisma. Pero ahora que la economía además de darnos dolores de cabeza nos los cobra, nos está pareciendo más bien mal, tirando a desahogado, por no decir perillán, que es una palabra de señora muy monárquica que se merienda con el ABC de Madrid.

Exactamente igual que con el tío Cosme. Este tío zumbón y vivales, que tenemos todos, que pellizca a las mujeres y sablea a la parentela para jugárselo al mus o pagar la reparación del Jaguar, que el tío Cosme no va descalzo. El tío Cosme es entrañable, no se le puede guardar rencor con esa sonrisa que gasta, es un truhán de buen corazón… hasta que nos hace un tocomocho gordo y se queda en desaprensivo. En un cabronazo, vaya.

Ahora a todos nos parece políticamente incorrecto lo del Rey, todos pensamos en un matrimonio sin amor, en Dumbo, en dispendios y asuetos rumbosos mientras Argentina se anexiona YPF (a falta de las Malvinas), la bolsa se va al traste y Monti y Sarkozy nos señalan con el dedo. Más la inoportuna ristra de noticias de la Familia que ha salido a colación, calentitos como estamos con Urdanga, las pedicuras de Froilán, etc.

Una asociación protectora de animales, WWF, le ha retirado al Rey el cargo honorífico que ostentaba desde 1968. ¿Pero es que los de WWF llevan 40 años sin saber que el Rey caza?, ¿o es que antes era campechanía cinegética y un reclamo para que las señoras que dicen “perillán” apadrinaran avutardas?

Los que claman porque abdique supongo que quieren que siga haciendo lo de siempre sin revuelo. Dudo que su hipotético sucesor, que no le llega a los mocasines al tío Cosme, sea capaz, al menos, de repetir lo que su padre supo hacer bien en su momento.

El tío Cosme nunca abdicaría. Él va a morir con las botas puestas en el mejor hospital privado del país. Y la factura la pagaré yo, claro.

Mad Men

La ficción tiene sus reglas, recrea el mundo y nos lo enseña con su propia lógica. Es autónoma y no le importa lo que pase fuera, solo así puede poner una lupa o hacer un mural sobre la realidad. O lo que llamamos realidad y vaya usted a saber qué es. A veces se sirve de detalles en principio nimios, sin más. Tal y como proponía Hemingway, enseña solo la punta del iceberg para que nosotros rellenemos los huecos y resolvamos un crucigrama con lo que ya sabíamos, o con lo que acabamos de descubrir, no de la trama, sino de la vida: de lo que nos pasa y no advertimos: el crecimiento de un niño al que se ve todos los días. Todo, por tanto, ha de orbitar en torno de ese diente de hielo en medio de las olas. Nada puede ser arbitrario ni inoportuno; todo ha de estar de un modo u otro supeditado.

Un ejemplo genial de esa forma de contar con pistas y elipsis es Mad Men. La serie estadounidense, que se ha convertido en objeto de culto multitudinario, lleva cinco temporadas contándonos cómo era el mundo de la publicidad en el Nueva York de la década de 1960. Pero a la vez, detrás del machismo, del racismo, por encima de los trajes elegantes y la gomina, bajo los afeitados apurados y las cinturas ceñidas y los ríos de alcohol y el escombro de los ceniceros, y a la vez entretejido en todo eso, nos muestra la angustia de estar solo y no saber quién eres. Y también que el ambicioso nunca está solo, sino perseguido; y que el malcontento no perdona; y que la piedad que se siente cuando cunde el desamor se emboza a menudo de cinismo; y que la noche tiene goteras de ginebra y mucho miedo. Nos narra eso y mucho más sin avisarlo. El misterio del cuentacuentos verdadero es dar apuntes, enseñar una foto apenas, dejar ver un gesto amagado, no encender la luz del todo sobre las intenciones de unos personajes que cuando se deciden a matar no es más que en sueños.

Cuando las películas y hasta las novelas son productos cada vez más fútiles, deglutidos, Mad Men encandila son su aparente pesadez, su lentitud, su solidez de muchas cuerdas, como un concierto de Bach después del estribillo menesteroso de un David de María. El personal se engancha y quiere más, por la estética, por las tramas y porque se sienten secretamente concernidos por lo que les pasa a los personajes; puede que inspirados. Porque la calidad no es una cata para clases selectas, sino un impulso que a todos nos eleva. Mad Men lo demuestra.