La madre de Norman Bates

Un científico especialista en aves descubre un porcentaje inusual de ejemplares afectados por una enfermedad transmisible al hombre. Las autoridades se alarman y trasladan su solivianto a la organización de la que depende el científico, señor Lemus. Un señor que suele arrojar conclusiones contundentes en sus investigaciones; un señor al que los datos, al cruzarlos, le cuadran como un sudoku infantil. Un señor que, presuntamente, no ha sido todo lo veraz que debiera con los datos de las aves enfermas.

A esto se añade que uno de los coautores de un artículo firmado por Lemus no existe. Javier Grande, que avala con su firma una investigación conjunta, no tiene pasado, ni relaciones, ni res extensa; no ha dejado en el mundo más huella que un correo electrónico cruzado con un colega.

Los responsables del CSIC y hasta del EBD, instituciones que han cobijado y becado a Lemus, han iniciado una investigación que el científico, amante de los animales, ha calificado de “cacería”. Quieren saber si ha habido fraude y quiénes son los responsables.

 

Personalmente, creo que el artífice de todo, el cerebro de la operación y el instigador último ha sido Javier Grande. Todo el mundo sabe que no hace falta ser verdad para mover el ánimo ajeno. Además, ¿qué es la verdad? La verdad está sobrevalorada y tiene dueño: “mi verdad” dice la gente de lo que cuenta en los periódicos, en los juzgados, en Telecinco. Hablan de su verdad, su Pepe, su hernia de hiato. Es personal e intransferible.

Javier Grande debe haber sido el que deslizara la idea primero, luego la hiciera firme y finalmente la impusiera. Le convenció, imagino, sucinto y perentorio. Le propuso cómo actuar, desconfiando de todo el mundo, prestando oídos solo a lo que él dijera, a lo que él dictara, a lo que él firmara. La cuenta de correo electrónico desde la que Grande se comunicó con su colega era la peluca que Norman Bates se ponía para acatar las órdenes de su madre.

Cuando El País le ha preguntado a Lemus quién es Javier Grande él ha dicho que le pregunten a otro.

“–¿Quién es Javier Grande?

–¿Y a mí me lo preguntas? (…)”

Javier Grande eres tú.

Doña Soledad y el aire

El jueves pasado murió Doña Soledad Santamaría, que no se llamaba así. Le cambio el nombre porque los muertos no pueden proteger su pudor, que es lo último que les debemos los vivos. También le cambio el nombre porque la jauría de sus hijos no merece ni siquiera la publicidad de su miseria moral.

Durante toda su vida fue una mujer atada en corto a la pata de la cama, pero sin quebrarle la pierna, para que pudiera pasearse por la celda como un tigre en un zoo. Primero el marido, luego el padre y finalmente los hijos la sometieron a innecesarias privaciones, la humillaron durante una vida muy larga que solo al final fue suya.

A Doña Soledad, entonces todavía Sole, la casaron con un señor veinte años mayor que ella, obeso y latifundista como una de aquellas caricaturas de los carteles de la CNT. Después la llevaron al campo, a encerrarla en un cortijo rodeado de almendrales y llanuras de cereal que postergaban el horizonte. Ella era entonces una mujer joven, con la carne sacramentada de pecados y novenas, que leía y fumaba cigarrillos de noventa. Una mujer que fumaba.

El marido pasaba los días en el campo y no veía en su mujer más que un colchón con el marchamo de calidad de una buena familia. Ella se dejaba hacer hijos y pasaba los inviernos viendo a los mozos atalajar bestias. El pulso en las sienes era un “garañón encerrado” hasta que un día bajó a los establos y la puerta se cerró detrás de ella.

Don Samuel, el padre, la recogió cuando enviudó para enclaustrarla en su habitación, negándole el acceso a la herencia del marido. Desde aquel cubil escuchaba Doña Soledad cómo relataba el abuelo puteríos de su hija; mientras bebía coñac, contaba las horas y se remendaba las medias. Las filípicas calaron en los niños, que heredaron del abuelo la casa, la clausura y las opiniones.

Hasta que la especulación inmobiliaria hizo justicia –quién lo diría– y Doña Soledad, con más de ochenta años, se pudo zafar al fin de las hienas: Una huerta de la familia en la que los hijos no tenían parte había quedado aislada en el centro de la ciudad como una mella en una sonrisa. Doña Soledad llamó a una agencia, pidió un taxi que la llevó de puerta a puerta desde su casa a la notaría y se embolsó un ramillete de millones que daban risa floja. Al salir a la calle, se encendió un winston que le supo a Gloria.

No sé qué más fue de ella durante los últimos años. Espero que viviera sin sobresaltos, tranquila y rica, olvidada de su prole y recordando de vez en cuando a aquellos mozos que enjaezaron los potros de su juventud.

Cuando se despedía de la agente inmobiliaria, después de haber satisfecho sus honorarios, le regaló un abanico antiguo pintado a mano: “Que nunca te quiten el aire, hija mía”.