Bonasera vota

Mi primera reacción ante los resultados de las elecciones italianas fue la del biempensante horrorizado. En primer lugar ante el porcentaje que obtuvo Silvio Berlusconi, obscenamente alto (el adverbio, tratándose de Il Cavaliere, es prescriptivo). Me preocupaba, además, el auge del populismo ruidoso y hueco de Grillo, la debacle de las opciones razonables, de Bersani o del saliente Monti, ya transparente de puro gris, con la única gracia de haberse bebido una cerveza por la tele mientras acariciaba un cachorro como un Señor que posee gustos sencillos. Del escrutinio salieron bancadas divergentes sin caballo ganador, imbarajables taifas de escaños que negaban la posibilidad de un gobierno a Italia.

Bien amaestrado, pensé que la alarma era normal y previsible: el ladrido inmediato de los mercados, contrariados por la inconveniencia, la quiebra de la confianza y la inmediata subida de la prima de riesgo. Los mercados expresan su opinión como el Politburó soviético “compartía su preocupación” por la Primavera de Praga. Natural, pensé, los italianos ponen en un brete a toda Europa, en especial a los más débiles, los perros flacos mediterráneos. Deberían sopesar la posibilidad de repetir las elecciones, aunque fuese solo al Senado para destaponar la vía legislativa. O no.

A lo mejor es que no lo hemos entendido. A lo mejor es que aguardamos con el pasmo presto y la indignación agazapada, como el mueble que vela en la oscuridad, contenido el aliento, para abalanzarse sobre el borracho que se topa con él sin explicárselo. A lo mejor es que no se fían ya de nadie, que en nadie encuentran amparo más que en quien promete devolver impuestos o limpiar las zahúrdas de raíz, en la demagogia a la medida de su desesperanza. Han ejercido su derecho a equivocarse a despecho de las consecuencias, del mismo modo que el funerario Bonasera va a pedir justicia a casa del Padrino el día de la boda de su hija. Porque no encuentran otro recurso. Y por mucho que nos preocupe, incluso que nos aterre el resultado, la democracia, con sus carencias, es eso: dejar que la gente decida. Por catastrófico que sea, es un resultado sujeto a la ley y refleja lo que piensan los sufridos electores, lo que han querido aunque fuese a ciegas, lo que hay. No se plantea nadie que quizá lo que hay que revisar es el mecanismo que hace que agencias que se evalúan y regulan a sí mismas, ajenas a los países que tasan, causen cataratas de dinero en la bolsa y dominós de cifras trasnacionales. Si el gobierno no se da por empecinamiento de los partidos la causa de unas nuevas elecciones será práctica e interna. Otro cantar es que se dé porque no conviene o no se ahorma a lo que los mercados esperan. Ya puestos, mejor desmantelar el sistema e instaurar el despotismo ilustrado de los tecnócratas sine díe, pues parece que no saben manejarse sin tutelas.

wert “degoyado”

Es tan mala la fama que adorna al Ministro de Cultura, Educación y Deporte que las muecas de incomodidad que profería como sonrisas se debieron de entender como altanería y desaire, limosna de reacción para los cómicos. No sé hasta qué punto sería así, pero desde luego, José Ignacio Wert, que se crece en el castigo, aguantó el merecido chorreo con un estoicismo blindado. Eva Hache despachó el asunto ministerial enseguida, interpelando al titular, para dejar bien asentado desde el principio que pintaban bastos. Yo creía que González Macho lo rebajaba a Millán Astray cuando dijo que iba a citar a Don Miguel, pero no. El Presidente de la Academia estuvo oportuno, contundente, sobrio y firme. Estuvo muy bien, nervioso e institucional como una novia de blanco. Y como dijo José Sacristán, así habría bastado, que del mensaje a la letanía sólo va el número de veces. Y Wert estaba atento.

Pero aún hay libertad de expresión y democracia y un cabreo endémico, así que es normal que los ciudadanos puestos ante un micrófono se exalten. Los actores tienen la misma suerte que los obispos españoles, a cada ocurrencia se les rinde una docena de micrófonos. En este caso eran ocurrencias todas las protestas y pullazos que fueron desgranando desde el atril los premiados (nunca sabremos si los sólo nominados comulgan con la tijera). El detalle de la casuística de la crisis humaniza a los actores pero se queda en pataleo o en acto reflejo ante la mirada de las cámaras, como la señora que no se resiste a preguntar si puede saludar y manda un beso muy fuerte a la Trini, que anda fastidiadilla. Uno va a echar una instancia al Ministerio de Educación y no “EXPONE:” que me tienen frito con el IVA.

Ya es una tradición hacer política en los goya y como tal tradición pierde intensidad por previsible, como la columna antitaurina de Vicent. Tanto se veía venir que el realizador debió de pensar que Pilar Bardem iba a sacar una pancarta de un momento a otro, pues la enfocaron más que a su hijo, tótem enjabonado a falta de Almodóvar. Es de ley que un colectivo se defienda de una agresión que llega al 21% y clame de hilo contra la defenestración de lo público, pero era demasiado pedir que se limitaran a la adhesión al discurso del nerviosísimo González Macho o a deslizar una dedicatoria a las víctimas de la crisis, como hizo Maribel Verdú. El relato de Candela Peña me emocionó y me chirrió a la vez, fue un grito de desesperación justísimo que no cuadraba para dar las gracias, que al fin y al cabo es para lo que había subido allí. Daba la impresión de que, en efecto, no hay libertad de expresión y había que aprovechar para desahogarse a la primera ocasión, precisamente ante un aforo que no se sorprende ya porque reivindiquen estatuilla en mano. Pero son libres, como lo somos el resto, de decir lo que quieran y tienen la suerte de que les enfoquen, desvaído o no el mensaje, en el momento justo. Es su minuto de Gloria y lo gastan como quieren. Allá ellos.

José Ignacio Wert asistía a todo ello incómodo, con su sonrisa de madera entre displicente e irónica, como puesto de perfil todo el rato. Yo creo que, lamentablemente, no le acertaron ni una.

El intelectual

La renuncia de Benedicto XVI ha causado, en el revuelo, mucha ponderación de intelectual y un rastro de elogios de esquela pontificia, como si el hombre fuera un mártir que va a ingresar en la clausura a ritmo de hagiografías. El teólogo, el intelectual, el cardenal que llegó con perfil de hierro a guardar las esencias de la Fe y se va dialogante, hostigado por las insidias de la Santa Sede y su propia vejez. Ratzinger el hombre de ideas se ha beneficiado de ese prejuicio que la sociedad actual, camino de ser ágrafa, arroja sobre los intelectuales, a saber, que son menos fieros y recalcitrantes, que su inteligencia adobada de muchos libros da en el nombre exacto de las cosas y luego se tira al barro para comentarlo en el ágora. Como si el representante de Dios en la tierra fuera coeditor de la Enciclopedia de la Ilustración. No ha faltado alguno al que de tanto incensar al saliente le ha salido oxímoron del sahumerio: han llegado a decir que es representante de una “fe razonada”.

Ratzinger es un eximio teólogo, según dicen, pues yo no estoy en disposición de asegurarlo de primera mano, claro. Y tiene en su haber el esfuerzo de haber sacado a la luz y condenado la pederastia dentro de su iglesia. Pero no olvidemos que estuvo en primera línea de políticia vaticana durante 23 años en los que se echó sombra y silencio sobre esos crímenes que no perdonan ni en la cárcel, y que en cuestiones dogmáticas o de apertura al mundo actual no ha movido la silla de Pedro ni un milímetro desde que se sentó en ella, ni siquiera a última hora, cuando ya se la estaban moviendo. Este hombre ha sido un profesional de la política (30 años en el Vaticano son suficiente currículo a no ser que seas sordomudo o guardia suizo, y de lo primero no estoy seguro) que se calzó el anillo papal avisando de que lo mismo huía ante los lobos. Ahora el marcapasos, el disgusto de Paoletto y sus muchos años no le dan margen ya para limpiar la Iglesia católica, que parecía en verdad su objetivo, y en vista de que el zafarrancho se le iba a quedar en un pasavolante a las patenas, un oreo de capillas y un tundir los tapices, ha decidido hacerse a un lado, darse a la clausura y que tome las riendas otro. Loable.

Es loable y muy oportuno, pues confirma a los prejuiciosos la dicotomía intelectual/hombre de acción, según la cual el primero no suele bajar de la torre de marfil de sus ideas mientras el segundo, carente de pureza de discernimiento brega a pie de torre, puede que ciegamente, de barro hasta las rodillas. El intelectual no sabe de inmundicias, está por encima del lodo, lo suficiente para nombrarlo sin mancharse; él está limpio y por eso hace falta un hombre de acción, que esté en el tajo, aunque no sea razonadamente. Así nos ha lucido el pelo, especialmente en España, cuando hemos reclamado siempre y reclamamos aún cirujanos y regeneraciones a bote pronto, sin sustento de ideas sólidas y con la particular tendencia, abandonada después de 1975, a encarcelar a nuestros escritores.

No se va sólo un intelectual, se va un Papa, la máxima autoridad de una religión con mucho poder y predicamento aún que sigue sin admitir a los homosexuales, a los divorciados, el aborto… que ha tapado horribles crímines y delitos de los que ha pedido perdón a toro pasado, y que ha sido pieza clave de la política europea durante siglos. Todo eso lo admiten los católicos y bien está que así sea para ellos, pero que no me lo despidan razonablemente, por favor.

Laetitia Casta cruzando el paraíso

Suena el timbre en la casa del lector. Se levanta de la cama en calzoncillos y va a abrir. Es su parienta, que ve desde la puerta cómo sale del baño Laetitia Casta envuelta en vapor, en su melena cansada, trigueña y húmeda, y en una de las toallas que la tita Chari les regaló por la boda. La parienta deja caer al suelo los paquetes del Natur House y mira al lector. Ahí lo llevas, Jacinto.

Por mucho que tantos, puestos en esa tesitura, sostuviéramos que la situación es lo que parece e incluso saliéramos corriendo escalera abajo para contarlo como Dominguín lo suyo con Ava Gardner, nadie iba a creernos. Excepto la prójima que, como seguro le pasó a Jacinto, pondría el grito en el cielo.

Pues bien, parece que el PP se ha tirado a Laetitia Casta.

Esto funciona así: si no hay pruebas concluyentes cada cual se hace una idea y sigue comprando el mismo periódico de siempre; aunque haya ahora probos ciudadanos que no dan crédito de lo que ha mejorado El Mundo en un mes, claro. En España la presunción de inocencia es un sombrajo precario que da de plazo lo que tardan en llegar los alacranes. Y, curiosamente, son los amparados bajo el chamizo los que más hacen por echarlo abajo. Nadie ha hecho tanto por apuntalar la sospecha de corrupción en el PP como sus propios dirigentes, que parecen jugar al escondite inglés en la habitación de al lado mientras los mayores tienden la ropa sucia en Internet. Ha llegado a tanto la inundación que ya sólo quedan unos cuantos incondicionales que matizan como el que se pone una ramita de lavanda en el bigote para pasear por el lazareto.

La acusación está hecha, el personal señalado, pero a pesar de que la justicia ha actuado rápido, como a requerimiento fulminante, por ahora todo es una confusión de fotocopias y chaquetas bien cortadas, arqueos de caja y “cópieme usted al dictado”. Y van echando verbos los acusados, lo único que cuando les piden el DNI, como les pille sulfurados, a pique están de contestar “Mi nombre es Legión”.

La prensa se arrisca. Hay empresarios que deniegan y senadores que asienten. En la confusión florecen avales y mentís como un tupido manglar que le hace claroscuros a las perlas de Cospedal –las de su boca y las lobulares–, que parece molesta por que vengan a hurgarle las cuentas a sus funcionarios (Floriano dixit). Con estrategias de transparencia así, ¿quién necesita una ley Lynch? Ni siquiera el PSOE se atreve a darse los golpes de pecho demasiado fuertes, exige responsabilidades a medias, el mismo Rajoy les está haciendo el trabajo y Rubalcaba comparece con semblante preocupado o conspirativo, que ya no se le distingue; aunque lo que es seguro es que está pensando en Tomás Gómez. Y para añadir títeres al circo, Esperanza Aguirre salta al ruedo para echar un cable con soga de ahorcado.

Todo son vaivenes sin comprobar y declaraciones hipercalóricas, pero sin sustancia, sin sentencia. Mucho me temo que terminemos como la canción de Loquillo: “Nada permanece todo se desvanece (…) Yo bajando a los infiernos y tú cruzando el paraíso”. A ver si después de todo esto nos vamos a quedar jodidos como estábamos y viendo a los presuntos (a pesar suyo, parece) hacer estación de penitencia por las mollares trochas del dineral, las palmadas en la espalda y el confeti cotizado.

Escena vista en un bar

Son tres, pero cuando yo llegué sólo había dos, hombre y mujer, él más joven que ella, que bebía y comía en la barra. A la espera del tercero mantienen una de esas conversaciones asimétricas propias de las relaciones sin futuro, porque no les llegará o por haberles pasado el porvenir de largo hace ya tiempo. Están a mi izquierda, él de espaldas, anchas, con una camisa celeste estampada con cenefas color magenta que dibujan grandes cuadros. Ella tiene un aspecto equívoco, cuidado con un esmero exento de gusto. Se puede observar por el pelo teñido de un rubio excesivo –las cejas depiladas y morenas– y planchado sin paciencia, por los zapatos, de un aspecto caro que no casa con su diseño, por la compacta máscara de base de maquillaje. Lleva las muñecas cargadas de pulseras, pero no lleva anillos. Las uñas, de manicura francesa. A pesar de no haberla visto encender un cigarrillo hasta llegar el tercero (acaso por eso, por él, fume) debe ser una fumadora compulsiva porque, aunque la manicura parece reciente, los bordes perfectamente perfilados y blanquísimos, el esmalte impoluto, la uña del índice derecho amarillea hasta la primera falange.

Desde donde estoy la mancha se ve oscura, casi marrón sobre el morado del vino que sostiene, y el dedo parece un implante malogrado, una carne que se solapa, que ha salido mal y que el cuerpo rechaza. Le sobra peso, las piernas contundentes y la cintura perdida y, sin embargo, en sus gestos y actitud se adivina que en otro tiempo disfrutó mejor figura; o a lo peor no y es una altanería a la altura de sus afeites y falsa elegancia; de su pulcritud trastornada. La nariz aquilina es un trazo de encanto, más bien de carácter, que atraviesa un rostro por lo demás redondo y sin fuste y en el que los ojos, dependiendo del alcohol que beba el resto de su vida, terminarán por ser bulbosos.

Él es bajo y fuerte, con el pelo a cepillo. El inicio de un tatuaje le sobresale por el cuello de la camisa como un tentáculo que se esfuerza por acariciarle la nuca. Acodado en la barra habla, sin desmayo ni interlocutora; habla para él y con eso basta. El bar está lleno y no puedo distinguir lo que dice entre el murmullo general. Solo le he entendido el par de veces que se ha dirigido al camarero, con familiaridad prematura y tintineo de quincallas, apretando manos, sacudiendo el reloj de acero, grande como un cepo. En el porte tiene algo de buhonero y de feriante, de vendedor de paños y de cobista que se saca el pedigrí contando un chiste. De perfil se da un aire a Paco Rabal con treinta años.

Cuando llegue el tercero todo serán palmadas en la espalda, saludos viriles, bribia, ventajas, y ella lo mirará a él, no al nuevo, a él hiperactivo y solícito, y parecerá que no ve nada, que se ha perdido con una copa de vino en la mano y un índice prestado. Él hará todo un despliegue ante el tercero: lo tomará por el brazo, le pedirá una cerveza, le señalará la carta diciendo algo que comprenderé cuando le grite al camarero, como en su casa, “y le pones chipirones”. Dará un paso atrás, abriendo el triángulo que forman los tres, poniéndose de perfil a mí, y en un gesto amplio y reverente, le mostrará el vaso de caña, el plato de chipirones, a la mujer, y dará otro paso atrás, desapareciendo, sonriente, como el gato de Cheshire.

Acaba de entrar el tercero. Pago mi gasto y me dirijo a la puerta. Ella me mira con ofrecimiento automático y desidia, sin sonrisa. No he llegado a escuchar su voz.

Doctor Sánchez Gordillo, supongo

A Sánchez Gordillo lo andaban buscando. La prensa, el PP, algún esperanzado… lo esperaban. El clima de indignación ascendente, que había tenido fugas de presión en las primeras huelgas al Gobierno y que añora por momentos una segunda eclosión del 15-M como un ultimátum, ha tenido de pronto un órdago que va de pataleo insólito a preliminar revolucionario, según.

Lo esperaban todos, los dueños del pan y los que aún lo tienen a gabelas. A ese concepto redux del pan y la Libertad se acoge el parlamentario andaluz para darse foco y ponerle Goma 2 a las instituciones que le dan escaño y voto. La despensa, las habichuelas contadas que relegan la financiación de la deuda a un cataclismo lejano que va vomitando pobres a tus puertas; algo así como las guerras mundiales para Suiza.

Los políticos, en especial este Gobierno cada vez más enrocado, se olían la asonada, con su parlamento vallado, sus toques de atención a los funcionarios y sus admoniciones en general, desde los militares hasta Facua. Hay mucho por lo que preocuparse cuando el que tiene tanto poder pasa tanto miedo.

A la vez, la gente estaba esperando que se hiciera algo, porque la idea del señorito es ahora la del político/banquero/especulador con una faltriquera que es una hoja de Excel en las islas Caimán. Y eso escuece a todos cuando la poda es en tu huerto. Pero el personal, que se ve impotente, no se ve por ahora tan falto de pan como para que la ausencia de libertad o de justicia avale el saqueo de un Mercadona, cuyo jefe alaba lo hacendoso de los chinos.

Tampoco es dejar de ver lo que tiene de brindis al sol, que el supermercado ha rebajado la operación “Primera necesidad” a vandalismo juvenil ofreciendo por sí mismo el rescate a posteriori; que esa superficie es uno de los principales contratantes del país aunque sea en pueblos sin pleno empleo y que, en definitiva, no tiene el aura maligna del causante aprovechón, como esos señores calvos que salen en los dibujos de El Roto.

Siembran algunas dudas los asaltantes cuando, orgullecidos de sus acciones contundentes, pasan a aborrecer la violencia y ven en esto el principio de algo mucho mayor que ellos y que por ahora no es más que irse a Alemania.

Un 11,5% ha aumentado el número de trabajadores españoles allí, donde no se asaltan supermercados.

Allegueto

El casco azul observaba cómo los refugiados iban instalándose en el campamento bajo la tormenta.
No podía oír el llanto de los niños, había subido al máximo el volumen del ipod y el piano sonaba como si la lluvia hubiese aprendido geometría.

Como ausente

Todavía se pensaba que si Mariano Rajoy se estaba siempre tan quieto era para que no se le escapara el brillo. Que en ese silencio se estaban cuajando ideas y progresos, linimentos del IBEX, solvencias para el final de mes.

Hizo una oposición de cultivo por roza con poca siembra, la suficiente para ver caer a Zapatero arrastrado por sí mismo. Durante aquellos años del fuego graneado, cuando cada declaración desde el partido era un siseo de áspid y parecía un convidado de piedra a sus maitines, se dedicó a ejercer de gallego y a brear a ZP desde la tribuna del Congreso, que es donde se gustaba. Y le salió bien. Terminó por salir de aquel desierto como un Jeremías intocado y lleno de tics, con una mayoría absoluta y la paradójica imagen de ser un estafermo diligente.

Con la única excentricidad de haberse mantenido soltero hasta la cuarentena, MR venía con la grisura del gestor, inasequible a los casos de corrupción, dispuesto a trabajar por “este gran país”. Y resulta que lo que MR callaba no era una panacea ni un engaño, sino una lista de encomiendas y un Montecristo Nº 1 para el séptimo día.

Pero ni los recortes del gasto público, ni la reforma laboral, ni las subidas de impuestos… nada apacigua a los mercados ni mejora la opinión de los inversores, de Merkel & Co., que le enarcan las cejas con preocupación y le sueltan el dinero como si se lo fuera a gastar en vino mientras nos compromete a pagarlo a largo plazo. Y ahora no parece que haya nada, verdaderamente, más que la desesperación del empollón al que se le atraviesa el examen práctico.

Es difícil, además, creerse a MR cabreado. Pensar en él exigiendo la financiación a la banca española –esa máquina de respiración asistida que algún ingenioso con malicia ha llamado “ayucate”–, o dando un puñetazo en la mesa para que del 5,3 de déficit no se baje, he dicho, no parece compatible con el Mariano solapado, ausente, fisgón de esquinas, que apenas controla el ronzal de la sección más agreste de su partido y al que los ministros se le ahogan achicando agua y vetando comisiones de investigación. Vamos bien si hay que recurrir a Uganda para que el titular de Economía reúna arrestos.

Esperemos al menos que no calle por seguir la famosa recomendación de Groucho Marx.

Entre la visa y la foto de los niños

Hay un placer burgués, un beatus ille en decadencia, en las mañanas largas, de diligencias despachadas con holgura. Un gusto por el día laboral al que le caben huecos y distancia como a una relación adúltera, al otro lado de la luz de mayo que ya es verano. La posibilidad, a menudo impensable, de encontrar todo el tiempo necesario para leer la prensa con detenimiento, en papel.  Y vuelve uno de comprar el pan, de comprar el periódico, como decía Umbral, con la cabeza rebosante de mercado, de palabras y papel de estraza, con el solfeo de las voces aún haciendo eco y fuga de selva, como si a los jíbaros les irritase la letra impresa. Ya ha llegado el momento en que pasear un fajo de papeles bajo el brazo es una voz de alarma a la tarifa de datos.

Decía Enrique Meneses en el mejor medio español en Internet (Jotdown) que a los periódicos les bastará con tener plantillas muy recortadas para analizar la información que llega en tromba. Apenas unos 40 o 50 blogueros, corresponsales de lo suyo, con un vasto conocimiento y experiencia que pudieran cribar la actualidad de un país, de un campo del saber, de un jubileo. Alguien a quien se le dice “tú que sabes, dale forma a la avalancha”. Eso debe ser lo que llaman crear valor, imprimir el personal brand, darle al lector que paga una razón para no pagarle a otro. Y ahorrarse redactores aprovechando las noticias de otros, a lo Huffington Post.

Los principales periódicos españoles ya lo hacen, aunque no tanto dándole forma a la avalancha como moldeándola. Los espacios son estrechos, incluso en la web, y no proliferan el análisis ni las glosas ponderadas, más bien los apotegmas de dudoso cariz editorial (menos mal que están Arcadi Espada y José Mª Izquierdo). Al final, no sé yo si habrá mucha diferencia, en cuanto a la imparcialidad, entre esos blogs y el columnario decimonónico todavía en boga; aunque la columna por lo general ostente mejor prosa. Esa pieza, literaria a veces, que está tan ligada al papel, a ir a comprar el pan y al envoltorio de los churros. Al placer de empezar a ser un anacrónico esteta.

Eso sí, con la era de los blogs no se podrá disfrutar del placer culpable de ponerle los cuernos al periódico habitual: buscar un quiosco poco concurrido, como un adolescente furtivo que compra preservativos, para poder leer, ese día especial de la semana, casi a hurtadillas, acariciando la página con íntima anticipación, esa misma columna que un día recortamos  y guardamos en la cartera.

El tío Cosme

Que al Rey le gusta que le toquen las palmas, que se conoce, lo sabíamos todos. Lo que pasa es que mientras corría el dinero a todos nos parecía simpático y henchido de carisma. Pero ahora que la economía además de darnos dolores de cabeza nos los cobra, nos está pareciendo más bien mal, tirando a desahogado, por no decir perillán, que es una palabra de señora muy monárquica que se merienda con el ABC de Madrid.

Exactamente igual que con el tío Cosme. Este tío zumbón y vivales, que tenemos todos, que pellizca a las mujeres y sablea a la parentela para jugárselo al mus o pagar la reparación del Jaguar, que el tío Cosme no va descalzo. El tío Cosme es entrañable, no se le puede guardar rencor con esa sonrisa que gasta, es un truhán de buen corazón… hasta que nos hace un tocomocho gordo y se queda en desaprensivo. En un cabronazo, vaya.

Ahora a todos nos parece políticamente incorrecto lo del Rey, todos pensamos en un matrimonio sin amor, en Dumbo, en dispendios y asuetos rumbosos mientras Argentina se anexiona YPF (a falta de las Malvinas), la bolsa se va al traste y Monti y Sarkozy nos señalan con el dedo. Más la inoportuna ristra de noticias de la Familia que ha salido a colación, calentitos como estamos con Urdanga, las pedicuras de Froilán, etc.

Una asociación protectora de animales, WWF, le ha retirado al Rey el cargo honorífico que ostentaba desde 1968. ¿Pero es que los de WWF llevan 40 años sin saber que el Rey caza?, ¿o es que antes era campechanía cinegética y un reclamo para que las señoras que dicen “perillán” apadrinaran avutardas?

Los que claman porque abdique supongo que quieren que siga haciendo lo de siempre sin revuelo. Dudo que su hipotético sucesor, que no le llega a los mocasines al tío Cosme, sea capaz, al menos, de repetir lo que su padre supo hacer bien en su momento.

El tío Cosme nunca abdicaría. Él va a morir con las botas puestas en el mejor hospital privado del país. Y la factura la pagaré yo, claro.